Las noticias que hace un año llegaron desde “La Meca de la Marihuana” fueron un golpe al corazón de la comunidad cannábica global: a partir del 1 de enero de 2013, nadie que no sea residente holandés podrá entrar a un coffeeshop, los famosos cafés de cata que decoran no sólo las calles de Holanda sino también las fantasías de miles de fumadores alrededor del mundo. Peor no os asustéis, aún hay verde ciudadanos.

La cosa parecía dura. El Gobierno conservador del primer ministro Mark Rutte impulsó con éxito un cambio en la política de drogas que durante los últimos 40 años había puesto al país como ejemplo de tolerancia y apertura respecto del tema. Se dijo que ya no sería posible para los extranjeros entrar a los famosos coffeeshops holandeses.

Sin embargo, a raíz del ruido provocado y de que, según nos cuentan nuestros colegas holandeses, la cosa no es tan mala como anunciaron los grandes medios, aprovechamos la oportunidad para hacer un repaso a una historia exitosa que muchos conservadores, simplemente, se niegan a aceptar.

Un cuento de tolerancia

“En lugar de la guerra contra las drogas, Holanda bombardea al mundo con semillas” La frase, extraída de la breve Historia del cannabis en Holanda, del australiano Ben Dronkers, es, en gran parte, un reflejo de la política holandesa respecto al cannabis.

Dronkers sabe del tema. Desde comienzos de los años 80 que es una referencia mundial de la cultura cannábica y el cultivo indoor. Si el nombre no les suena, seguro les suena el famoso Sensi Seed Bank. Bueno, ése es su bebé: Dronkers fue el primero en implementar un banco de semillas hace más de 30 años.

Según cuenta, las plantas de cannabis son usadas en Holanda desde, al menos, el siglo VXI, cuando los navegantes holandeses se aventuraron a la mar en busca de aventuras y riquezas, trayendo a Europa todo tipo de cosas novedosas, incluyendo drogas y nuevas medicinas. La planta era usada como alimento, combustible y por su fuerte fibra, agrupada bajo el nombre de “hennep”, el equivalente holandés a “cañamo”. Por supuesto, más allá de sus usos industriales, los granjeros holandeses comenzaron, al mismo tiempo, a usar las hojas del cannabis para mezclarlas con tabaco.

Y fumarlas.

Tal vez por ser un país pequeño, o por ser un país de navegantes, la holandesa ha sido desde hace cientos de años una sociedad mucho más abierta y tolerante en comparación con vecinos como Alemania o la cercana Francia.

“Mucha gente piensa que en Holanda la marihuana es legal, pero eso no es cierto, sólo es tolerada y ahí hay una gran diferencia. Cuando algo es legal uno puede hacer lo que quiera y este no es el caso”

 

“Por generaciones”, escribe Dronkers, “los holandeses han abrazado el valor de permitir a otros vivir de la forma en que lo elijan, siempre y cuando no interfiera con la sociedad como un todo”. En ese sentido, la llegada de los años 60, un golpe contracultural en todos los sentidos, tuvo un impacto especialmente fuerte en el país. Los Beatles, grupito rockero incomprendido por los adultos que habían vivido la Segunda Guerra, reconocían el uso de drogas recreacionales como marihuana o LSD, y cientos de jóvenes europeos peregrinaban hacia Oriente en busca de nuevas experiencias. Meditaban, se hacían vegetarianos, experimentaban con sexo libre y, claro, con drogas. Al volver a casa la cosa ya no era tan abierta, siendo pocas las ciudades donde se toleraron algunas de las nuevas costumbres. Entre ellas, estaba Ámsterdam.

Es la salud, ¡estúpido!

Tal como la economía fue la respuesta para Bill Clinton en su campaña presidencial contra George Bush padre en 1992, la respuesta de la entonces ministra holandesa de Interior y Salud (cuando en Latinoamérica lo común es que Interior esté fusionado con Seguridad…), Irene Vorik, fue analizar el daño causado por las distintas sustancias que estaban comenzando a usarse y, sobre todo, el contexto del uso. La conclusión fue que éste formaba parte de un periodo de maduración entre la juventud y que, ante la imposibilidad de coartar por la fuerza este pasaje, había que enfocarse en atenuar los posibles impactos para la salud de sus consumidores y, con una mirada sanitarista, para el “cuerpo social” como un todo.

“En 1975 el Parlamento holandés introdujo la Gedoogbeleid, o ‘política de tolerencia’, hecha principalmente para diferenciar drogas blandas de drogas duras”, nos cuenta desde Holanda el editor en jefe de Soft Secrets en Ámsterdam, Cliff Cremer. “A partir de ese momento se le permitió a las cafeterías vender drogas blandas, principalmente marihuana, con el gran objetivo subyacente de sacar de la ecuación la venta ilegal a los consumidores de marihuana. En su momento fue el único país en el mundo en hacer una cosa así. Y funcionó”.

“La verdad es que no fue una sorpresa el hecho de que la respuesta holandesa haya sido práctica y racional”, escribe Drunkers. “A mediados de los 70 ya había un amplio uso de drogas como marihuana, anfetaminas, heroína y LSD”. Ante esto, la manera de enfocar el tema estuvo lejos de la prohibición alentada por Estados Unidos en la Convención de Viena. La ministra miraba con recelo la política de drogas de Estados Unidos en el sentido de que la marihuana no es más que una puerta de entrada al uso de otras drogas potencialmente más dañinas. Para Vorik, la forma a través de la cual las personas tenían más probabilidades de acceder a drogas peligrosas era justamente a través del contacto con el mercado negro y, en ese sentido, la mejor forma de evitar que la marihuana fuera efectivamente una “puerta de entrada”, era sacándola del mercado negro.

Entre los fumadores ya desde mediados de los 60 se levantaban voces pidiendo por la legalidad de cultivar sus propias plantas. Artistas como Keed Hoekert y Jasper Groovtveld pelearon las primeras batallas simbólicas haciendo públicos sus cultivos personales. En ese momento, con semillas traídas desde Tailandia y Afganistán, lo de “simbólico” era bastante literal ya que debido a su clima, lluvioso y frío durante gran parte del año, es muy difícil cultivar al aire libre en Holanda.

Entonces, por mucho que nos guste pensar en Holanda como en un Jardín del Edén marihuanero, fue en este momento cuando apareció el ‘negocio’ que lo cambiaría todo.

La “Suiza verde”

Tal como el país helvético es famoso por custodiar en sus bóvedas algunas de las cuentas bancarias más poderosas del mundo, la vuelta de tuerca en Holanda fue tener en custodia, y vender, las semillas más poderosas de la Tierra.

La introducción de los bancos de semillas –iniciada por Dronkers pero luego replicada por otros-  vino aparejada de toda una idea de hacer posible el cultivo privado de buena calidad. Seed Bank, Lowlands Seed Company, SSSC y Sensi Seeds fueron las primeras.

Una vez establecidos el tema fue comunicarse y, en ese momento, la figura clave fue un hombre llamado Ed Rosenthal, fundador de The Hash Marihuana & Hemp Museum, quien se dio la tarea de difundir, a través de una serie de publicaciones, lo que estaba sucediendo y las potencialidades que presentaba Holanda para los fumadores y cultivadores de marihuana. Con esto, muchos noveles cultivadores se dieron cuenta que no estaban solos en el mundo y Semillas como la Skunk #1, la Early Pearl, la Original Haze, la Northern Lights o la Holland’s Hope revolucionaron la idea del cultivo en interior para siempre.

A medida que el tiempo pasaba y los cultivadores se iban profesionalizando, el hachís, hasta entonces la forma más popular del consumo cannábico, fue dando paso a nuestro conocido cogollo. Y también la forma de consumo. Los holandeses, a diferencia del resto de Europa, tienden a fumar el cogollo puro. Y no tanto por sus efectos (colocarse más), sino de cata del sabor. A principios de los 90, las ventas de hachís en los coffeeshops ya estaban a la mitad de las ventas de marihuana. En esto ayudaba la cada vez más importante cantidad de turismo cannábico que venía de otras partes de Europa.

Extraido de: http://www.cannabis.info